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32746

Dario es mi nombre. Dārayawu ó Dâriûsh, antiguo nombre persa que significa “el que protege del mal”, “el protector” o “aquel que apoya firmemente el Bien”.

Hace mucho tiempo, siglos antes de Cristo de hecho, los antiguos persas, aquellos del Imperio, grandes avances científicos y de la saga Prince of Persia, le ponían mi nombre a su rey, a fin de ser protegidos del invasor.

Nombre corto, simple y a veces simpático, es usualmente confundido por el de Diego. Sin embargo, su significado siempre me cayó poético.

Años pasan de aquel entonces: Alejandro invade Persia, Dario III pasa a llamarse Dario El Cobarde, los romanos sin que nadie se de cuenta toman el control de todo y se apropian de mujeres, niños y nombres; y en algún momento del siglo XX aparece un cosentino que tiene un nieto en un lugar remoto también llamado Dario.

Hasta acá todo bien, muy literario.

Pero en el amanecer del Siglo XXI surgen los mensajes de texto, también conocidos como SMS, y la historia cambia. Aquella tecnología a la cual en un momento de triste (in)lucidez predije el fracaso, cambió el significado del nombre para siempre.

El SMS, sumado a padres divorciados culposos que le compran a sus hijos teléfonos móviles, comenzó a modificar el idioma. Surgieron de la nada palabras como “grchr”, “cgr”, “hjo d pta” y demases. Ergo, en un intento desesperado por rescatar a generaciones otrora perdidas, algún finlandés de buen corazón decidió crear el “método predictivo”. Como se sabe, este método, con pocas presiones de botón, permite escribir de una manera fría pero rápida y coherente.

La tecnología maduró, se exportó, llegó a alguna oficina en Madrid y algún empleado lúcido se dedicó a crear el diccionario en español para poder implementar la solución en 400 millones de teléfonos celulares.

Este hombre, un hijo de puta ciertamente, seguramente tenía un amigo llamado Dario, y de forma inocente colocó mi nombre primero en la lista de opciones que se obtienen al presionar 32746.

Sucede que, por razones obvias, hay mucha más gente borracha que llamada Dario. Por lo tanto, en cualquier lugar de Iberoamérica, hoy en día, cada vez que un parroquiano intenta escribir la palabra EBRIO mediante la presión de los números 3-2-7-4-6, esto es lo que ve:

DARIO

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La ficha

“Qué fácil sería ser hincha de River”, maldecía yo de chico, un simpatizante de un club ignoto como Lanús, mientras mis compañeros de colegio en la lejana Zona Norte descargaban toda su imaginación en gastadas luego de que mi equipo perdiera un ascenso, y contra un club llamado Chaco For Ever.

“Qué fácil sería ser hincha de Boca” me decía nuevamente cuando bajo una catarata de burlas Lanús descendía al Nacional B luego de una breve excursión de un año en Primera.

Qué fácil hubiera sido ser todo eso. Y lo consideré varias veces, juro que lo hice. Pero yo tenía motivos de sobra para seguir siendo del Granate.

Para empezar, y aunque entonces no lo había notado plenamente, la historia de Lanús tiene cierto paralelismo con la mía. Nací con el equipo en la C, empecé a gatear en Primera B, aprendí a escribir en el Nacional B, y comencé a pajearme en Primera División.

Pero no fueron mis aspiraciones de hedonista las que me hicieron seguir siendo de Lanús, no señor. Principalmente, fue la cobardía. Mi hermano ya había claudicado y se había hecho de Independiente, y aunque él en secreto siempre siguió festejando los goles del Grana, eso a mi viejo le jodió. Y no quería ser yo destino del enojo de mi padre. Y es en mi viejo donde recae, en definitiva, la razón y la culpa de mi pertenencia a ese club. Porque al fin y al cabo, si bien sufría mucho los lunes en el colegio, disfrutaba el doble los sábados cuando él me llevaba a la cancha.

Para qué voy a mentir: gozaba como un cerdo esos sábados. Lanús podía jugar horrible o de manera brillante. Podía estar peleando un ascenso o tratando de evitar un descenso. Fuera cual fuera la situación, yo disfrutaba igual. Iba a la cancha y esperaba paradito al lado de mi papá, siempre en la popular de cemento, a que metiera algún gol Lanús. Y es que era en esos gritos de gol cuando podía hundir mi cara en su estómago, oler su perfume mezclado con olor a cigarrillo, y darnos los abrazos más largos y sinceros que tuve con él que pueda recordar hoy en día. Para mí eso valían los goles.

Pero un día mi viejo se fué. Y apagué las radios, la tele, y al leer el diario esquivaba la sección de deportes y me iba directmante a los chistes. El fútbol se había muerto. Y en ese interín de locutores mudos Lanús salió campeón de la Copa Conmebol (paradójicamente, para cuando dejé un poco la paja y empecé a garchar más o menos seguido). E hice oídos sordos, no quería saber nada. Tenía un bloqueo latente. Y es que, realmente, el fútbol me parece medio aburrido, el ambiente lamentable y los negociados turbios, en el mejor de los casos.

Pero este año todo se fue a la mierda. De sorpresa y a traición, me agarró la campaña de un Lanús 2007 puntero del campeonato, de buen juego e intenciones limpias. Quince años habían pasado desde mi última visita a La Fortaleza, llegaba un partido clave, y no podía seguir haciéndome el boludo mucho tiempo más. Sabía que, en otras circunstancias, hubiera ido con él al partido. Tenía que ir a ese partido, era lo que sentía. Y así fue como hablé con mi hermano, el hincha granate en silencio, y fuimos, sin saber con qué me iba a encontrar.

Y el partido comenzó, y la iba llevando muy bien. La cancha remodelada, linda, llena e impresionante, me tocó un fibrón, pero no arrugué. El comienzo del partido, tenso, trabado, me creó un nudo en el estómago. Y le puse el pecho y me lo banqué.

Pero la cagada vino con el primer gol. Aquel gol fue la muerte. Aquel gol me hizo voltear y buscar un abrazo; y mi hermano, por esas casualidades del destino un escalón más arriba en la popular, me prestó su estómago y hundí mi cabeza en él, con los ojos llorosos. Y de ese abrazo surgió, escondido bajo una piedra de 15 años, un perfume mezclado con olor a cigarrillo. Y si ese gol fue la muerte, peor fue el pitido final contra Boca y el campeonato. Ahí me quebré. Me quebré y con cada lágrima salía un recuerdo. Me quebré y me acordé de las voces que tenían los locutores, de los viajes al Sur los sábados, de los abrazos interminables, de las discusiones sobre el equipo en el auto. Me quebré y entendí el fútbol. Porque el fútbol podrá ser aburrido, el ambiente lamentable, y los negociados turbios. Pero el fútbol también era eso, ese llanto. Ese abrazo a destiempo que se extraña.

Casi 93 años tardó Lanús en ser Campeón de Primera. Quince años pasé evadiendo un duelo que finalmente tenía que llegar. Quince años tardó en caerme la ficha.

Lanus Ascenso 1981
Bombonera

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