GNU/Human Unstable

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Acto 1 - Señorita

“Suerte que llegué temprano a hacer el check-in y pude elegir asiento. En estos aviones chiquitos de mierda siempre te toca cualquiera lugar. Ahora, al lado de la ventanilla, por lo menos sé que tengo sólo una persona al lado. Por favor, que sea una mujer mayor, un nene o un puto. Lo que sea antes que un tipo baboso o, peor, un viejo verde”.

“A ver qué me tocó… uuuhhh, ese tipo al lado nooo. ¡La cara de pajero que tiene! Ah no, parece que no se sienta la lado mío, sino en el otro asiento. Igual, me da por las pelotas que me mire las tetas al pasar delante de él. ¿No te podés parar para dejarme pasar, hijo de puta? Nada, a sentarme y a esperar, a lo mejor después se me sienta al lado alguien decente. Yo, mientras tanto, me quedo quietita mirando cómo los maleteros suben las valijas por la ventanilla”.

“Mierda, ¿y éste que se me sienta al lado quién es? ¿Es indispensable tener *tanta* cara de loco? Nene, ¿qué te pasa adentro de la cabeza que hasta los ojos quieren salir corriendo? Yo no lo puedo creer. Si va a ser siempre así, prefiero irme de viaje en lancha con Daniel Scioli toda la vida. En fin, yo me hago la dormida todo el viaje y a la mierda…”

“Mmm, ¿qué es ese olor? ¿Me parece a mí o huele a longaniza? No te creo que el tipo de al lado está repitiendo la cena. No, por favor. Yo me sigo haciendo la dormida…”

“No, ahora sí que no. Esto sí que no lo banco. Huelo a mierda, ¡pero mierda mal! Seguro que el de al lado se cagó. Una se gasta tanto en prepararse para viajar en avión, y al final la pasa como el culo. Yo me sigo haciendo la dormida hasta llegar al aeropuerto. Loco de mierda hijo de puta.

Acto 2 - Ano

“Años de oficio, años, y sin reconocimiento. ¡Mirá que yo laburo hermano, eh! Pero nadie me lo reconoce. Es más, en las fiestas, mientras están todos de joda, yo laburo más que todos. Más que el cerebro, ese hijo de puta que se cree gran cosa ahí arriba en el penthouse. Todos se acuerdan de él en un examen de la universidad, al jugar al Sudoku y no muchas veces más. Sin embargo, todo el mundo lo tiene en la gloria. Luego está el riñón. El puto riñón llorón, que se queja de que siempre recibe lo peor. Ojalá yo recibiera unos tragos los fines de semana, ojalá. También están los pulmones. A esos hermanos no los banco. “Ay que el humo, ay que el humo”. Ojalá yo recibiera sólo humo. En cambio, yo, laburo 24×7, todos los días del año. Y siempre tengo que bancarme la peor mierda, en el sentido estricto de la palabra. El hijo de puta que me aloja se mete cada porquería por la boca, y después me la tengo que bancar. Encima siempre tengo que estar listo. De noche, de día, a toda hora. No lo soporto.”

“¿Qué pasa ahora que siento menos resistencia? Nooo, no te creo que estoy en un puto avión. Odio los aviones: la falta de oxígeno pone a prueba mi musculatura. Esperemos que al menos este sea un viaje tranquilo”.

“¡Zás! Cagamos. Ahí viene un gas violento.”

Ano: Negro, disculpame, pero estamos en un avión. No podés pasar.

Gas: Es que tengo que pasar. Ahí adentro no me quieren, dicen que tengo mal aliento.

Ano: Lo siento flaco, órdenes de arriba.

“Ahí se fue el hijo de puta. ¿Quién se cree que es? Voy a relajarme un poco. Uy, pará, ahí viene de nuevo con todo. ¿Me parece a mí o quiere pasar de prepo? ¡Si, quiere pasar de prepo! Voy a hacer fuerza para que no avance. ¡Uuuuggh! Por acá no pasás hijo de puta. Ahí se fue. Viene, no viene….no. Me relajo de nuevo”.

“Mmm, ¿tengo mala la vista, o ahí vuelve el conchudo? Si, ahí vuelve. Bueno, a laburar. Pará, ¡que viene todo mojado! Mierda, voy a tener que ponerme duro.”

“No pasás hijo de puta, no pasás… má si, pasá, no me pagan tanto. Aaahhhhh….”

Acto 3 - Pedo

“Mamá Pizza de Fugazetta y Papá Fernet me dijeron que es hora de que salga al mundo exterior. Me advirtieron que allá afuera es duro. Sin embargo, tienen plena fé en que estoy listo. Yo, sinceramente, tengo miedo. Nací hace pocos segundos y ya me quieren echar. Acá está tan calentito, tan lindo… no sé. Pero bueno, tampoco me voy a quedar si no me quieren”.

“Vuelta por aquí, vuelta por allá. La verdad que este camino es largo, y cada vez se angosta más. ¿Habrá algo al fondo? Mis papis me dijeron que al final del camino habría más gente como yo, pero la verdad que todavía no veo nada.”

“Ahí veo una salida, o algo parecido. ¿Qué es eso claro? ¿Será la tan famosa luz de la cual hablaron tanto mis papis? Voy a tratar de pasar. ¡Opa! No puedo. ¿Y a éste qué le pasa?”

Ano: Negro, disculpame, pero estamos en un avión. No podés pasar.

Gas: Es que tengo que pasar. Ahí adentro no me quieren, dicen que tengo mal aliento.

Ano: Lo siento flaco, órdenes de arriba.

“¿Quién es el de arriba que da órdenes? No sé. En fin, vuelvo y pregunto”.

“Acá estoy de vuelta en casa. ¡Mamá, papá! ¿Están ahí?….

Tío Cirrosis: Pibe, tus viejos fueron. No están más…

Gas: ¿Cómo que fueron?

Tío Cirrosos: Si pibe. Del líquido venimos, y al líquido vamos. Lo único que queda de ellos, son estos jugos gástricos.

Gas: ¡Nooooo! Snif…

“Bueno, me los llevo conmigo arriba. Mami, papi, vengan conmigo, los voy a llevar con la luz, a ver a Dios. Hasta salir de acá no paramos”.

Acto 4 - Hombre

“Esto de viajar en el avión de las 5 de la mañana da por las pelotas, pero al menos dormís bien en el viaje. Por suerte tenía fernet y algo de pizza vieja en casa, cosa de aguantar bien despierto hasta salir al aeropuerto.”

“A ver mi asiento: el 14. Catorce, catorceeee… acá. ¡Upa! ¿Y esto? Tengo un caramelito al lado. ¡Por fin! Años viajando en avión, siempre al lado de pibes con diarrea, gordos que me ocupan medio asiento. ¡Gracias Dios, hasta que me olvide de esto voy a volver a la iglesia! Me parece que está dormida, pero igual supongo que ya se va a despertar.”

“Mmmm, ¿y ese olor? ¿Me parece a mí o el tipo al lado se echó un flor de eructo con olor a longaniza? ¡Qué hijo de puta! La mina de al lado va a pensar que fui yo. No me queda otra que reciclarlo, voy a respirar fuertemente para que se filtre el olor de mierda en mis pulmones. Con suerte el gato no lo huele….”

“La verdad, que ahora que lo pienso, esa pizza vieja estuvo de más. Tengo unas ganas de cagar que no se aguantan. Es más, casi me sale un Boobaloo, uno de esos chicles globo con juguito. Por suerte lo pude mandar para adentro.”

“¡Mierda! No me puedo dormir ni un segundo. Ahora sí que creo que me cagué encima. Por una vez que me pongo calzoncillos blancos. Lavarlos en el hotel va a ser un quilombo. Por suerte la minita de al lado sigue dormida, y el de al lado sigue mirando la peli fijamente, mientras se tira eructos. Má sí, yo así no puedo dormir. Mejor agarro la compu y escribo alguna boludez para el blog…”

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Por detrás

Las mujeres son maravillosas. Maravillosas, mas allá de sus obvias y voluptuosas cualidades. Maravillosas, porque pueden hacer muchas cosas que los hombres no podemos.

Son, básicamente, multitarea. Tengo plena certeza de que la transmisión full-duplex se inventó a causa de que la half-duplex evidentemente no servía para que dos mujeres hablasen y escuchasen al mismo tiempo. Sólo ellas son capaces de discutir simultáneamente por teléfono, utilizar una mano para cortar cebolla, la otra para manejar la computadora y los pies para esconder mugre debajo de la mesa; todo a la vez.

Pero sin embargo hay algo de lo que son incapaces de hacer. No me refiero a leer mapas. Eso es bien sabido y se lo comenta más o menos abiertamente. No, no me refiero a eso. Me refiero a algo tabú, algo que las mujeres no comentan porque ni saben que existe, y los hombres no mencionamos vaya a saber uno por qué. Hasta hoy.

El secreto es el siguiente: las mujeres no sienten nada por detrás.

Antes de que alguno salte con la conclusión fácil de “con razón hay tantos travestis”, me apresuro a decir que me refiero al sentido espacial que tenemos los hombres de saber si algo o alguien está fijo o moviéndose a nuestras espaldas.

Estoy seguro de que las mujeres no creen esto, pero es así. El sentido que tenemos los hombres puede ser tan fuerte que hasta tengo un amigo que lee los números que van saliendo a la ruleta, de espaldas al croupier. Incluso Michael Jackson comenzó a caminar de espaldas porque así le era más fácil ver quién venía.

A primera vista, este es un sentido inútil, un sinsentido, pero no. Es algo que se usa a diario, y se manifiesta permanentemente, por ejemplo, al caminar.

“Buenos Aires tiene ese no se qué” dicen muchos. Pues yo sí sé qué tiene Buenos Aires: tiene mucha gente y las veredas muy angostas. Y mi mamá, mas allá de la ocasional vergüenza ajena que le puedo causar, odia caminar conmigo por la sencilla razón de que lo hago bastante rápido. Soy algo así como un keniata, pero blanco y algo gordo.

Ahora hablemos de otro dicho popular: “los hombres son masculinos y las mujeres masculonas”. O, como alguna vez preguntó Matías, el simpático personaje de Sendra: “mamá, ¿por qué las mujeres, si tienen la cola más grande, usan la ropa interior más chica?”. Gran duda, de la cual no tengo respuesta, pero sí sé lo siguiente: caminar con un culo geométricamente superior al tamaño de los hombros, y con tacos, hace ver como una vieja estirada a la letra S.

Entonces: ¿qué pasa cuando se juntan el “no se qué” de Buenos Aires, un keniata blanco y gordo y las mujeres de culo enorme en tacos que no sienten nada por detrás? Pues el desastre.

Empatía es lo que aclamo ahora al lector para analizar la siguiente situación. Por favor, póngase en mi lugar y trate de ver lo que voy a comentar en primera persona, cual cámara cinematográfica al mejor estilo Dogma 95: tenemos una vereda porteña, angosta, rota y poceada. Usted, que como buen porteño camina apurado hacia algún lado para aparentar que tiene algo que hacer, divisa unos metros más adelante a una mujer, típicamente de culo prominente. Puede ser un lindo culo o no, la prominencia no excluye la belleza del mismo. No se desconcentre y siga enfocado en ese culo prominente. Se le da el fetiche de mirar sus pies y nota unos tacos. En consecuencia, la mujer va mirando el suelo, tratando de no tropezar con sus tacos con algún pozo y de caminar de la manera más sexy posible, como manda la costumbre, aunque no se percate de que va haciendo unas eses medianamente ridículas. Usted sabe que pronto se topará con ella. Mira a su izquierda, buscando escapatoria, pero hay una hilera de vendedores ambulantes ofreciendo las últimas artesanías chinas que no lo dejan bajar a la calle. Así que, sin aminorar su marcha, empieza a calcular de antemano para qué lado va a estar sarandeándose el culo para cuando llegue la hora del sorpasso, sin mengüar su tranco ni perder la cuerda, como un campeón. Se ubica a pocos centímetros de las ovaladas ancas, y hace su maniobra. Lo más probable es que a pesar de los cálculos deba intentar la maniobra varias veces. Primero por izquierda…. no. Luego por derecha… tampoco. El gran culo siempre lo sigue a todos lados, cual Tierra al Sol. Hay múltiples factores que ni aún el más experimentado de los transeúntes porteños puede calcular: cantidad de pozos, diámetro de los tacos, ofertas de turno en las vidrieras, gravedad, etc. Luego, por último, cuando finalmente ve el hueco, decide acelerar a fondo y sobrepasar a la dama. ¡Para qué! Invevitablemente, la doncella (buéh) pegará un sobresalto exagerado, notoriomante sorprendida por su presencia, haciéndolo sentir a usted como un ladrón, un violador, o ambos.

Esto es, muy básicamente, todo lo que debo calcular cada vez que tengo que sobrepasar a una mujer por la calle. La aventura anterior es trivial si la mujer en sí es una señora mayor, o peor, dos señoras mayores, que encima caminan siempre agarradas.

Lo que sí es seguro es que, una vez cumplido el cometido, la transeúnte siempre, pero siempre, pega un salto, sobresaltada al advertir su presencia en la retaguardia, lo cual pone en evidencia su total falta de percepción especial; cosa que no sucede cuando el sobrepasado en hombre.

Los hombres de caminar lento, siempre, pero siempre, se corren a un costado para dejar paso al transeúnte veloz, con la excepción de los drogados, ancianos y yuppies hablando por teléfono (aunque sospecho que estos últimos lo hacen adrede), lo cual pone en evidencia nuestro excepcional sentido. Es más, al dejar paso lo hacen siempre con una cara de boludo envidiable, como quien no quiere la cosa, como si fuera algo tan natural como mear por la mañana.

¿Y cuál es la conclusión de todo esto? Ninguna. Lo que sí me agobia/angustia/estresa/sinónimo es por qué los hombres no hacemos alarde de nuestra evidente cualidad sensorial de percibir objetos en movimiento por detrás. ¿Será a causa de la Logia de los Penes de Piedra? ¿O tal vez sea el miedo a demostrar algún tipo de homosexualidad reprimida? No lo sé. Lo que sí es seguro es que, mientras tanto, y muy a pesar de la Ley de Igualdad de Géneros, hay una cosa en la cual los hombres siempre ganaremos: nado de espaldas.

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