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Por detrás

Las mujeres son maravillosas. Maravillosas, mas allá de sus obvias y voluptuosas cualidades. Maravillosas, porque pueden hacer muchas cosas que los hombres no podemos.

Son, básicamente, multitarea. Tengo plena certeza de que la transmisión full-duplex se inventó a causa de que la half-duplex evidentemente no servía para que dos mujeres hablasen y escuchasen al mismo tiempo. Sólo ellas son capaces de discutir simultáneamente por teléfono, utilizar una mano para cortar cebolla, la otra para manejar la computadora y los pies para esconder mugre debajo de la mesa; todo a la vez.

Pero sin embargo hay algo de lo que son incapaces de hacer. No me refiero a leer mapas. Eso es bien sabido y se lo comenta más o menos abiertamente. No, no me refiero a eso. Me refiero a algo tabú, algo que las mujeres no comentan porque ni saben que existe, y los hombres no mencionamos vaya a saber uno por qué. Hasta hoy.

El secreto es el siguiente: las mujeres no sienten nada por detrás.

Antes de que alguno salte con la conclusión fácil de "con razón hay tantos travestis", me apresuro a decir que me refiero al sentido espacial que tenemos los hombres de saber si algo o alguien está fijo o moviéndose a nuestras espaldas.

Estoy seguro de que las mujeres no creen esto, pero es así. El sentido que tenemos los hombres puede ser tan fuerte que hasta tengo un amigo que lee los números que van saliendo a la ruleta, de espaldas al croupier. Incluso Michael Jackson comenzó a caminar de espaldas porque así le era más fácil ver quién venía.

A primera vista, este es un sentido inútil, un sinsentido, pero no. Es algo que se usa a diario, y se manifiesta permanentemente, por ejemplo, al caminar.

"Buenos Aires tiene ese no se qué" dicen muchos. Pues yo sí sé qué tiene Buenos Aires: tiene mucha gente y las veredas muy angostas. Y mi mamá, mas allá de la ocasional vergüenza ajena que le puedo causar, odia caminar conmigo por la sencilla razón de que lo hago bastante rápido. Soy algo así como un keniata, pero blanco y algo gordo.

Ahora hablemos de otro dicho popular: "los hombres son masculinos y las mujeres masculonas". O, como alguna vez preguntó Matías, el simpático personaje de Sendra: "mamá, ¿por qué las mujeres, si tienen la cola más grande, usan la ropa interior más chica?". Gran duda, de la cual no tengo respuesta, pero sí sé lo siguiente: caminar con un culo geométricamente superior al tamaño de los hombros, y con tacos, hace ver como una vieja estirada a la letra S.

Entonces: ¿qué pasa cuando se juntan el "no se qué" de Buenos Aires, un keniata blanco y gordo y las mujeres de culo enorme en tacos que no sienten nada por detrás? Pues el desastre.

Empatía es lo que aclamo ahora al lector para analizar la siguiente situación. Por favor, póngase en mi lugar y trate de ver lo que voy a comentar en primera persona, cual cámara cinematográfica al mejor estilo Dogma 95: tenemos una vereda porteña, angosta, rota y poceada. Usted, que como buen porteño camina apurado hacia algún lado para aparentar que tiene algo que hacer, divisa unos metros más adelante a una mujer, típicamente de culo prominente. Puede ser un lindo culo o no, la prominencia no excluye la belleza del mismo. No se desconcentre y siga enfocado en ese culo prominente. Se le da el fetiche de mirar sus pies y nota unos tacos. En consecuencia, la mujer va mirando el suelo, tratando de no tropezar con sus tacos con algún pozo y de caminar de la manera más sexy posible, como manda la costumbre, aunque no se percate de que va haciendo unas eses medianamente ridículas. Usted sabe que pronto se topará con ella. Mira a su izquierda, buscando escapatoria, pero hay una hilera de vendedores ambulantes ofreciendo las últimas artesanías chinas que no lo dejan bajar a la calle. Así que, sin aminorar su marcha, empieza a calcular de antemano para qué lado va a estar sarandeándose el culo para cuando llegue la hora del sorpasso, sin mengüar su tranco ni perder la cuerda, como un campeón. Se ubica a pocos centímetros de las ovaladas ancas, y hace su maniobra. Lo más probable es que a pesar de los cálculos deba intentar la maniobra varias veces. Primero por izquierda.... no. Luego por derecha... tampoco. El gran culo siempre lo sigue a todos lados, cual Tierra al Sol. Hay múltiples factores que ni aún el más experimentado de los transeúntes porteños puede calcular: cantidad de pozos, diámetro de los tacos, ofertas de turno en las vidrieras, gravedad, etc. Luego, por último, cuando finalmente ve el hueco, decide acelerar a fondo y sobrepasar a la dama. ¡Para qué! Invevitablemente, la doncella (buéh) pegará un sobresalto exagerado, notoriomante sorprendida por su presencia, haciéndolo sentir a usted como un ladrón, un violador, o ambos.

Esto es, muy básicamente, todo lo que debo calcular cada vez que tengo que sobrepasar a una mujer por la calle. La aventura anterior es trivial si la mujer en sí es una señora mayor, o peor, dos señoras mayores, que encima caminan siempre agarradas.

Lo que sí es seguro es que, una vez cumplido el cometido, la transeúnte siempre, pero siempre, pega un salto, sobresaltada al advertir su presencia en la retaguardia, lo cual pone en evidencia su total falta de percepción especial; cosa que no sucede cuando el sobrepasado en hombre.

Los hombres de caminar lento, siempre, pero siempre, se corren a un costado para dejar paso al transeúnte veloz, con la excepción de los drogados, ancianos y yuppies hablando por teléfono (aunque sospecho que estos últimos lo hacen adrede), lo cual pone en evidencia nuestro excepcional sentido. Es más, al dejar paso lo hacen siempre con una cara de boludo envidiable, como quien no quiere la cosa, como si fuera algo tan natural como mear por la mañana.

¿Y cuál es la conclusión de todo esto? Ninguna. Lo que sí me agobia/angustia/estresa/sinónimo es por qué los hombres no hacemos alarde de nuestra evidente cualidad sensorial de percibir objetos en movimiento por detrás. ¿Será a causa de la Logia de los Penes de Piedra? ¿O tal vez sea el miedo a demostrar algún tipo de homosexualidad reprimida? No lo sé. Lo que sí es seguro es que, mientras tanto, y muy a pesar de la Ley de Igualdad de Géneros, hay una cosa en la cual los hombres siempre ganaremos: nado de espaldas.

Permalink 27.01.08 04:19:03, by Dario Rapisardi Email , 1164 words, Categories: News & Noticias , 3 comments »

3 comments

Comment from: Mari [Visitor] Email
Ja, ja! Y bueno Dario, no generalicés... Aunque a pesar de ser del género que según decis "no sentimos por detrás" si me ha pasado muchas veces eso de caminar en una vereda angosta llena de gente y que no te perciban hasta tenerte a la par, sobre todo cuando voy en medio San José donde siempre camino a la velocidad que den mis piernas, con tacones o no, lo que si te puedo decir que siempre me doy cuenta quien viene atrás, pero debo admitir que debe ser una manía adquirida de tanto temer que venga atrás un tipo a quitarme la cartera... Pero bueno, asi es la capital de mi querida Tiquicia, que se le va a hacer. Por lo tanto, creo que todo depende de las circunstancias ;o)
Besos desde Costa Rica!
01.02.08 @ 17:45
Comment from: Dario Rapisardi [Member] Email · http://rapisardi.org
Hola Mari,

Tenés razón, generalizar es malo... ¡pero qué fácil que es!
12.02.08 @ 04:30
Comment from: Mariano [Visitor] Email
Las mujeres nuuuuunca se preocupan por lo que sucede detrás. Por eso es que no utilizan los espejos retrovisores cuando conducen...
20.02.08 @ 15:32

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