-
Un Libro Infinito
Aquí hay un cuento que escribí cuando tenía aproximadamente 12 años. Me lo dio mi madre, que lo encontró entre unos papeles viejos (benditas sean las madres por guardar estas cosas). Aquí lo trascribo, respetando la gramática y ortografía original. Me gustó lo premonitorio que era :).
–
Un Libro Infinito
Recién caía la noche en la ciudad. Eran aproximadamente las 19:30 hs. cuando ya sentía aquel impulso. Ese impulso inaguantable y perverso. Pese a esto, me dediqué a preparar la cena mientras trataba de concentrarme en lo que decían por televisión. Esta tarea me resultó casi insoportable, ya que enseguida me venía a la mente la imagen de aquel ser.
Las 23:30 eran ya cuando estaba en la cama. A pesar del silencio, creía escuchar los sonidos que él emitía. Esos malditos sonidos propios de un animal en celo y enjaulado que está lleno de furia. Uno de esos animales que enloquecen a la presa antes de devorarla.
Para cuando eran las 04:50, yo ya había podido conciliar el sueño. Pero aún hoy, desde esta cama, recuerdo claramente aquella pesadilla que me hizo despertar sobresaltadamente. Mis impulsos aumentaban. Aquello ya era adicción. Una adicción tan satánica como la droga. Algo así como un libro. Un libro infinito en el que la información no para jamás. Un libro en el que cada palabra atrapa más al lector, hasta convertirlo en un esclavo de sí mismo.
Hoy, desde la Clínica Psiquiátrica, recuerdo ese momento. Eran aproximadamente las 07:20. La presión aumentaba. El Universo se comprimía sobre mí. Otra vez me había agarrado un ataque. Me aferraba de las sábanas cual un niño hambriento al pecho de su madre. Mi cabeza parecía derretirse de dolor. La cosa no daba para más. Lo necesitaba. Debido al último ataque había perdido a mi esposa, mis hijos y hasta mi trabajo. Sabía que este ataque sería el último, y que él tenía lo necesario para que lo fuera. Me paré. Caminé hacia su habitación. Allí estaba él. La sangre empezó a fluir tan rápidamente por mis venas que hasta me mareaba. Escuchaba el latido de mi corazón. Allí estaba él, con su mirada fría, pero su interior tan lleno de felicidad inmediata. Tan lleno de locura inmediata. Me acerqué a él. Me senté frente al teclado, y lo prendí.
FIN
-